Son las 16:30, entro en un “Fakta” con el animo de comprar algo para el desayuno, paso por caja y una amable cajera, de ojos castaños y con una “jihab” de colores chillones, me saluda con un escueto “Hi!”. En un danes que todavía no comprendo me dice el precio, yo sin gafas me concentro en la pequeña pantallita que hay sobre la caja registradora y logro leer: “25 kr”. La gente espera mientras yo observo cada una de las monedas intentando descifrar si son de 1, 2, 5, 10 o 20 kr, después de unos segundos entrego la cantidad exacta a la cajera y ella de forma cordial y con una sonrisa me dice en danes algo que por supuesto, no comprendo, ¿¡Pero el que!?, así que decido soltarle en mi ingles-galaico un: “I am sorry, I don’t speak Danish (little girl)”. La chica señala hacia una maquina y un señor rubio y alto que esta haciendo cola detrás de mi, me indica que debo depositar las monedas en esa maquina. Me doy cuenta de que la cajera no recoge las monedas, esa es la finalidad de la maquina, luego pienso para mi: Espero que la gente no se ria con mi torpeza, soy nuevo aquí.

Mr. Bean

Sentirse así a veces es posible

Llevaba 2 días en Dinamarca y se me ocurrió tirar la basura, lo tenía todo planeado casi al detalle, en una bolsa había papel y cartón, mientras que en la otra bolsa se almacenaba todo lo susceptible de ser reciclado. Bajo al centro de reciclaje de mi calle, deposito los tetra briks y los 2 kilos de publicidad sobre un enorme contenedor verde habilitado para el reciclado de papel. Ahora busco por el contenedor de basura genérica, y no lo encuentro. Hay un contenedor para plásticos, otro para metales, vidrio, papel… No encuentro el maldito contenedor de basura normal, mi cerebro se pone a funcionar y elucumbro fantásticas teorías y preguntas sin respuesta: ¿Tendré que reciclarlo todo?, ¿Pasarán a una hora a recoger este tipo de basura?, ¿Tendré que tirarlo en el contenedor de plásticos?. Acudo a la ayuda de un hombre de mediana edad, que con pinta campechana y una graciosa barba blanca, paseaba a su pastor alemán junto al centro de reciclaje. Le pregunto donde debía tirar la basura que no se puede reciclar, y el me contesta que en mi portal hay un agujero; yo pienso: ¿Pero como puede ser posible?, ¿Donde esta ese agujero? ¿Sera un agujero negro que tengo en mi cabeza?. 15 minutos de exhaustiva investigación desvelaron que en mi portal habían unas pequeñas puertecillas que una vez abiertas servían como conducto para este tipo de basura. Luego de nuevo pensé para mi: Hoy he quedado como un idiota de nuevo.

Cada vez que la sensación de haber hecho el ridículo me invade, pienso en mi mismo como Mr Bean o el abuelo cebolleta, a esto lo llamo el sindrome de Mr Bean.

Las historias que he descrito son sucesos que ocurrieron en mis primeras de semanas en Dinamarca, pero por supuesto muchas más historias del estilo Mr Bean me han sucedido desde entonces, historias que a causa del idioma, la cultura o simplemente el desconocimiento te hacen quedar como un idiota (o al menos así lo crees).

Por suerte ya hace tiempo que ya no me sucede ninguna de estas historias, pero cada vez que pienso en ellas esbozo una sonrisa.

Hablando de historias graciosas, acabo de acordarme de una historia Mr Bean que le sucedió a una chica erasmus que visito España:

Un día unas amigas de mi mujer que vinieron de erasmus a Coruña, fueron invitadas por un compañero de piso a pasar el fin de semana en su casa de Ferrol. Como buen anfitrión su compañero les enseño la casa, el baño, la ciudad, el paisaje y unas zapatillas muy graciosas con forma conejos igualitas a las que suelen utilizar los niños, pero que en este caso estaban calzados por su compañero de piso. Como las chicas hablaban español, pero no lo suficientemente bien ya que todavía llevaban poco tiempo en España, una de ellas observando los pies de su anfitrión dijo: “¡Que cojones mas bonitos tienes!” (En vez de conejos). El compañero de piso se partió la barriga hasta no poder mas, mientras que los padres de este, mantenían una mirada estupefacta digna de ser fotografiada. Hoy en día esta historia Mr Bean ha quedado en el recuerdo de generaciones enteras de erasmus.

Zapatillas de conejos

Hasta un par de zapatillas como estas pueden hacerte sentir como Mr. Bean